Con no demasiada información sobre el país y cómo moverse por él, me decido por fin ir a Jordania por mi cuenta, con mi madre como acompañante. Dos mujeres solas deambulando por un país musulmán, rodeado de una zona actualmente muy candente.
Preparo el viaje con antelación reservando hoteles y un coche de alquiler, planeo recorrer todos los destinos en él. Me entero gracias a otros blogueros que existe una especie de pase que se puede comprar por internet que después será lo mejor que hemos hecho en el viaje. Se llama JordanPass (http://www.jordanpass.jo/), y es un pase que te ahorra la visa de entrada y las entradas a todas las atracciones principales de Amán incluido el Wadi Rum y Petra (para Petra hay que elegir el número de días que se quiere acceder). Cambiamos dinero antes de salir para no ir con las manos vacías. El resto es todo sorpresa.
Día 1: Amán. Amán es la capital de Jordania. No hay que esperar demasiado de una urbe que a la vez es capital del país. Como cualquier otra, es caótica, desordenada, y con un tráfico de locura. Aunque a eso no me cuesta adaptarme, el coche funciona bien.
Amán tiene cuatro puntos principales a ver: la Ciudadela, el Teatro romano, la mezquita azul y la mezquita del Rey.
Amán es una ciudad de subidas y bajadas, no tan empinadas como otras, pero tiene muy mala accesibilidad así que la mayoría son escaleras. Lo bonito es que al menos se preocupan en tenerlas cuidadas y casi todas están pintadas con colores vivos. Así que es conveniente ir bien entrenado porque cansa. Si obviamente no se puede por cuestiones físicas, siempre se puede llegar en coche.
Nosotras, por consejo y mapa hecho a mano de la recepcionista del hotel, fuimos andando.
Un punto aparte es el hostal que elegimos. Tenía muy buena puntuación en booking, pero resultó bastante defraudador. Como llegamos temprano nos ofrecieron una habitación alternativa a la que habíamos elegido (en internet te ofrecen una con vistas a la Ciudadela). Al día siguiente nos dimoms cuenta de que en realidad esa habitación parece estar ahí sin preparar nunca, y es la excusa que dan a la gente para cobrar un poco más, y lo peor fue que, al asomarnos por la ventana, las vistas eran a la calle, sin atisbo de la ciudadela por ninguna parte. Otro motivo por el que lo elegí fue porque decía que tenía parking, y al llegar la recepcionista nos dijo que el gobierno había quitado el espacio público y que teníamos que aparcar debajo del puente justo al salir a la calle. Vamos, que nos buscáramos la vida.
Así que si por alguna razón buscáis algún hotel y os ofrece vistas a la Ciudadela, no os lo creáis, porque no lo hay. La Ciudadela está bastante arriba en la cima de una de las colinas y no se ve a simple vista.
Eso sí, la vista desde la Ciudadela es maravillosa. Se ve casi toda Amán. A la enttrada los guías se ofrecen a darte una vuelta, y quizás le den un poco de vidilla a la visita, pero a nosotras nos gusta mirar por nuestra cuenta y leer los cartelitos. Además el señor que se ofreció hablaba demasiado rápido (fue algo que observamos en todos los guías de habla hispana), como recitando de memoria la retahíla que se había aprendido en español, lo cual personalmente me resulta un poco agobiante.
Con el Jordanpass se entra gratis. Vale la pena pasar alrededor de una hora para ver todas las ruinas, una mezcla de todos los que han pasado por esa tierra en algún momento, y han dejado una muestra de la grandeza que tuvieron. Hay un pequeño museo dentro, muy venido a menos, pero que da una idea general de lo que una vez fue esa colina y Amán en general. También hay un punto desde el que se puede ver el Teatro romano y las mezquitas de las otras colinas. Las vistas son bonitas y muy de color terroso. La cuestión de la falta de pintura de las paredes, es porque, según nos explicó después el dueño del hostal en Petra, el gobierno pagaba los materiales de construcción, con lo cual todas las construcciones son básicas y el que quiere y puede se pinta la casa. Imagino que la pintura es cara, así que queda para los más adinerados.
Para bajar de la Ciudadela al Teatro hay varias opciones, yo seguí la que me ofrecía el gps y terminamos enredándonos con más y más escaleras, pero adentrándonos en los barrios de Amán. Parecía una zona muy tranquila y segura, con niños y adolescentes jugando en las calles al salir del colegio, gatos a las puertas de las tiendas y poco más.
El Teatro tiene una plaza en la entrada que en un tiempo fue uno de los lugares más importantes y concurridos de la ciudad, como en cualquiera que fuera parte del Imperio romano. La plaza actualmente se llama Plaza Hashemita, ya que la familia real se encargó de restaurarla. También se deja ver una calle columnada que se conserva bastante bien y el Odeón, que sobrevive junto al teatro. La entrada también es gratis con el Jordanpass.
A un lado está el Museo del folklore, un breve espacio con vestimentas típicas de todas las épocas, restos del teatro romano y enseres de la vida cotidiana de distintas épocas.
Olvido mencionar que antes de subir a la Ciudadela, decidimos dar una vuelta por la calle principal que bajaba del hotel a buscar algo de comer. Con el mapa de la recepcionista, vamos siguiendo sus indicaciones, encontrando que en la mayoría de sitios todo está en árabe. Así que decidimos ir al que ella menos recomendó por ser turístico, pero el único en el que parecía que alguien hablaba inglés. Un lugar vegetariano, Hashem, con una gran terraza y una pequeña parte interior. Atienden a todos por igual, si uno no sabe qué pedir, no hay carta, pero te llevan a la cocina y te enseñan todo lo que hacen, te explican y así puedes elegir. A casi todo el mundo le sirven lo mismo, y la verdad, la comida es un gustazo. Y lo mejor, el precio, en total pagamos 6 JD, lo que viene a ser unos 8€ en total.
Para la cena encontramos un sitio de shawarma que tenía el menú en inglés y también era muy barato.
La comida en Jordania está muy rica. Se nota la frescura y los sabores son auténticos. Es adecuado buscar fruta para tener, ya que comen poca fibra y demasiado pan, lo cual para nosotras fue un pequeño handicap. Pero en Amán hay un mercado central en el que se puede conseguir fruta fresca y de igual manera muy barata. Los jordanos son gente muy honrada que no intenta aprovecharse, y esa es una conclusión general a lo largo del viaje.
Todo decir que en invierno en la mayoría de Jordania hace un frío que pela y la mayoría de las casas están hechas para ser frescas en verano, así que se pasa bastante frío, sobre todo con el tema de la ducha y a la hora de dormir. Tienen buenas mantas y en la mayoría de lugares calefacción, que sin embargo hay que dejar toda la noche encendida.
Día 2: Salimos rumbo a Petra. Son bastantes horas de conducción, pero la carretera es fácil. Hay que tener en cuenta que en los poblados hay reductores de velocidad que no siempre están señalizados, así que conviene bajar la velocidad al acercarse a las entradas de las poblaciones. Lo triste de la conducción es la cantidad de animales muertos que se ven en la carretera. No hay quitamiedos, y la trashumancia es todavía algo muy común alrededor de todo el país. Así que tristemente los animales cruzan las carreteras y seguramente de noche son atropellados por los camiones que las recorren. No hay mucho tráfico, y por suerte yo pude frenar por un perro que cruzaba la calzada.
Una de las cosas más auténticas es hacer una parada en uno de los poblados a tomar un té o un café (hecho sin filtrar). Cuesta 1JD cada café y ¡te deja despierta por horas! También hay algunas zonas con lavabos gratuitos (letrinas en el suelo). Suficiente para continuar el trayecto.
Llegamos a Petra antes de la hora de comer. Petra en sí, o lo que se conoce como Wadi Musa, es un poblado no muy grande, que vive casi exclusivamente del turismo que genera el sitio arqueológico, arriba de unas montañas con formas redondeadas que parecen pastelitos cubiertos de azúcar. Las cuestas de las calles aquí sí son empinadas. Y aunque a mi madre casi le da un patatús por no ver el otro lado de la calle por la que se va a bajar, el coche funcionó perfectamente.
Llegamos al hostal, que más era una casa de huéspedes, donde nuestro anfitrión Raed nos dio la bienvenida. La casa era muy cuca, nosotras habíamos pedido la habitación con baño dentro, tenía calefacción y buenas mantas. Eso sí, el agua no corría con mucha presión, así que ducharse fue de nuevo una aventura pisando un suelo que te helaba literalmente los pies. Eso sí, la amabilidad de Raed compensaba, nos trajo unos shawarmas para comer, y luego nos llevó a explorar un poco lo que era el pueblo y las cosas principales que podíamos necesitar.
Pasamos la tarde paseando y luego bajamos por nuestra cuenta a buscar algunos souvenires. Por la noche compramos entradas para Petra night. Es una especie de evento que realizan tres noches a la semana, en el que se accede al recinto de Petra hasta el Tesoro, todo iluminado con velas. Tocan un poco de música con instrumentos típicos históricos y explican un poco qué es Petra by night. Al día siguiente nos levantábamos temprano a explorar Petra.
Esa noche decidimos cenar solamente algo de fruta que traíamos, al final tanto pan nos pasó un poco de factura.
Día 3: Petra. El Jordanpass que adquirí nos daba entrada para dos días. Así que después de desayunar nos fuimos decididas a explorar lo más que pudiéramos.
Petra es muy grande, así que hay que estar preparado para caminar mucho. Pero mucho. La alternativa es utilizar los animales que van ofreciendo por el camino, pero no todos se ven bien cuidados. De hecho el lugar anima al visitante a reportar cualquier tipo de maltrato hacia los animales del recinto. Los animales están divididos por zonas. En la entrada están los caballos, que te llevan hasta la entrada del Siq, el desfiladero por el que se camina hasta llegar al Tesoro (Al-Jazneh). Ese desfiladero se puede bajar o subir en una especie de carretas tiradas por otros caballos. Nosotras al final del segundo día lo hicimos al volver, ya agotadas de tanto caminar, y vale la friolera de 20JD. Después de lo barato que había sido todo en todas partes nos pareció muy caro, y no es que los caballos estén en las mejores condiciones, pero ya no podíamos más.
Desde el Tesoro se puede seguir bajando en camello hasta una parada que hay, donde se encuentra un restaurante y baños. Desde ahí hasta la subida al Monasterio (Al-Deir), se puede acceder subiendo los 800 escalones que llevan hasta la punta de la montaña donde se encuentra, o se puede subir con burro (por 5JD). Nosotras lo hicimos andando, toda una odisea, pero conseguible. Llegar hasta allí es muy gratificante. Eso sí, de nuevo la forma física es importante. Ese día básicamente nos ocupó subir y bajar, y en el camino vimos el resto de cosas por encima.
Por la noche decidimos probar alguno de los restaurantes para turistas que hay en la calle que da a Petra, una de las cenas más ricas del viaje, con unos guisos de carne, sopas y platos variados típicos muy ricos. El precio algo más elevado, pero vale la pena.
Día 4: Petra. Decidimos explorar lo que nos quedaba por ver. La cuestión es que las señales no están bien puestas en la mayoría de las cosas, y el plano es bastante malo, así que nos perdimos y terminamos subiendo escaleras de nuevo, pensando que íbamos a llegar a una parte y terminamos en otra. Fue agotador, y por eso al final del día tuvimos que decidirnos por volver en una carreta. Nada cómodo, eso seguro.
El resumen de la visita a Petra me divide en dos sensaciones: por un lado, la magnificencia de algo que lleva allí por tantos miles de años y ha sobrevivido (y a saber por cuánto tiempo más) a tanta historia a su alrededor. Por otro, el desorden y el caos, la cantidad de animales que merodean y de niños intentando vender postales a los turistan, afean disfrutar del recinto en plenitud. Nosotras llevábamos comida para dar a los perritos que no llevan precisamente las de ganar en el lugar.
Pero Petra inspira y enseña mucho. Y eso que queda en la memoria ya queda para siempre.
Día 5: salimos temprano hacia Wadi Rum, el trayecto es más corto y la carretera está en buen estado. Básicamente es bajar toda la montaña que habíamos recorrido. El paisaje es árido, aislado, pero con vida. Llegamos a Wadi Rum. Gracias a Raed, habíamos contactado con el campamento con antelación, ya que el acceso a la zona protegida ha de ser con vehículos especiales. Así que el coche queda aparcado en el centro de visitantes y la estancia ya depende completamente del lugar donde uno se hospede. La entrada también está incluida con el Jordanpass.
Hay que decir que aunque todos los campamentos parecían iguales en las fotos, obviamente hay unos que ofrecen mejores comodidades. Los baños suelen ser comunes, y funcionan con generadores cargados por energía solar. En nuestro caso, por desgracia las camas eran terriblemente incómodas. Pasamos una de las peores noches de nuestra vida, con unas barras de metal clavadas en los riñones, literalmente.
En la excursión que hicimos nada más llegar, descubrí que había un campamento cuyas habitaciones son como unas burbujas que dejan ver el cielo por la noche. Creo que si alguna vez volviera recomendaría ese lugar sin duda. Nosotras vimos las estrellas por la noche y es algo inigualable. Unido al nulo ruido (ni siquiera animales).
Los beduinos son muy amables, pero eso sí, tal y como nos recomendó Raed, no vale la pena hacer una excursión de más de dos horas, ya que en ese espacio de tiempo se ve todo lo que hay por ver, el resto es lo que el guía gaste en ponerse al día con sus vecinos y tomando té (que toman a todas horas cargado de azúcar). Nosotras gastamos tres horas y creo que con dos habría sido más que suficiente.
La cena la ofrece el campamento por separado, una cena típica beduina preparada por el personal del campamento. Muy rico todo. Si no eres fumador/a, prepárate porque ellos sí lo son, y fuman a todas horas, junto al té, que no paran de beber hasta la hora de dormir.
Día 6: después de desayunar y con la resaca de la mala noche pasada y sin duchar ya que las duchas comunes están demasiado frías por la noche de invierno del desierto, salimos rumbo al Mar Muerto.
El trayecto vuelve a ser bastante largo, nos recomiendan bajar hasta Áqaba, la ciudad portuaria al sur de Jordania donde vienen a parar todos los cruceros que atraviesan el Mar Rojo de un lado para otro. Aquí se nota más el efecto del turismo, la inversión mantiene la carretera en muy buen estado y es bastante más fácil conducir. Desde Áqaba se empieza a ver el terreno más árido, y toda la carretera deja ver el otro lado de la frontera, que ya es tierra Israelí, o lo que antes era Palestina. Una vez se empieza a bajar el valle hacia el Mar Muerto, se empiezan a ver tierras más cultivadas, y gran cantidad de campos de refugiados que las trabajan, y al menos viven de su producción.
Finalmente llegamos al Mar Muerto. El lado jordano, básicamente está lleno de resorts que lo explotan. Antes de llegar se puede ver una gran fábrica que extrae la sal y otros minerales que sacan del mismo.
El hotel en que nos hospedamos, una cadena hotelera conocida, es muy agradable. El staff muy amable. Solamente se puede acceder a él con reserva. Llegamos a la habitación, con vistas a la piscina, se nos informa de todas las instalaciones y de que el acceso al mar está abierto hasta el atardecer, sin hora fija, simplemente hasta que empiece a oscurecer. En nuestra falta de previsión, nos damos cuenta de que no hemos traído nada para el mar, así que nos toca bajar con los albornoces de la habitación, todo un show teniendo en cuenta de que en el baño hay un cartel que pone que no se usen para bajar al mar... (¡un desastre!)
En fin, bajamos a hacer lo típico: baño en el mar, untarse de lodo, dejar secar, baño en el mar... Así hasta que los turistas chinos llegan a hacer todo lo que te indican que no hagas. Tragar agua, salpicar, ponerse el lodo para quitárselo sin dejarlo secar, gritar y romper con ese momento de placer del que los demás disfrutábamos. Un par de fotos y nos subimos a la piscina. Piscina climatizada, ahhhh....
Un ratito en el jacuzzi y a descansar antes de bajar a cenar.
Descubro que realmente mucha gente viene en plan spa, a descansar y relajarse unos días alejados del ruido de las ciudades pero con todas las comodidades que ofrece un resort.
Subimos a ducharnos y a cambiarnos y bajamos a cenar. En este hotel hay dos restaurantes, y ya cansadas un poco de lo repetitivo de la comida local, nos decidimos por el de hamburguesas. Hubiera sido de buena fe que la camarera nos hubiera avisado de lo grande que era la hamburguesa que habíamos pedido (tamaño monster), pero la disfrutamos de lo lindo.
Y aquí sí, dormimos como bebés...
Día 7: salimos con destino al aeropuerto. La llegada es fácil siguiendo el GPS, y la devolución del coche muy fácil también. Dentro del aeropuerto de Amán hay dos controles de seguridad. Uno en el que revisan TODO el equipaje, y después de hacer el check-in, se hace el control normal en el que hasta unas zapatillas te van a hacer pasar por los rayos X por motivos de seguridad. Aunque sus razones tienen, así que no queda más que obedecer y tener paciencia.
El aeropuerto tiene wifi gratis y es muy cómoda la espera. Algunas tiendas de duty free por si se ha olvidado algo y poco más.
Preparo el viaje con antelación reservando hoteles y un coche de alquiler, planeo recorrer todos los destinos en él. Me entero gracias a otros blogueros que existe una especie de pase que se puede comprar por internet que después será lo mejor que hemos hecho en el viaje. Se llama JordanPass (http://www.jordanpass.jo/), y es un pase que te ahorra la visa de entrada y las entradas a todas las atracciones principales de Amán incluido el Wadi Rum y Petra (para Petra hay que elegir el número de días que se quiere acceder). Cambiamos dinero antes de salir para no ir con las manos vacías. El resto es todo sorpresa.
Día 1: Amán. Amán es la capital de Jordania. No hay que esperar demasiado de una urbe que a la vez es capital del país. Como cualquier otra, es caótica, desordenada, y con un tráfico de locura. Aunque a eso no me cuesta adaptarme, el coche funciona bien.
Amán tiene cuatro puntos principales a ver: la Ciudadela, el Teatro romano, la mezquita azul y la mezquita del Rey.
Amán es una ciudad de subidas y bajadas, no tan empinadas como otras, pero tiene muy mala accesibilidad así que la mayoría son escaleras. Lo bonito es que al menos se preocupan en tenerlas cuidadas y casi todas están pintadas con colores vivos. Así que es conveniente ir bien entrenado porque cansa. Si obviamente no se puede por cuestiones físicas, siempre se puede llegar en coche.
Nosotras, por consejo y mapa hecho a mano de la recepcionista del hotel, fuimos andando.
Un punto aparte es el hostal que elegimos. Tenía muy buena puntuación en booking, pero resultó bastante defraudador. Como llegamos temprano nos ofrecieron una habitación alternativa a la que habíamos elegido (en internet te ofrecen una con vistas a la Ciudadela). Al día siguiente nos dimoms cuenta de que en realidad esa habitación parece estar ahí sin preparar nunca, y es la excusa que dan a la gente para cobrar un poco más, y lo peor fue que, al asomarnos por la ventana, las vistas eran a la calle, sin atisbo de la ciudadela por ninguna parte. Otro motivo por el que lo elegí fue porque decía que tenía parking, y al llegar la recepcionista nos dijo que el gobierno había quitado el espacio público y que teníamos que aparcar debajo del puente justo al salir a la calle. Vamos, que nos buscáramos la vida.
Así que si por alguna razón buscáis algún hotel y os ofrece vistas a la Ciudadela, no os lo creáis, porque no lo hay. La Ciudadela está bastante arriba en la cima de una de las colinas y no se ve a simple vista.
Eso sí, la vista desde la Ciudadela es maravillosa. Se ve casi toda Amán. A la enttrada los guías se ofrecen a darte una vuelta, y quizás le den un poco de vidilla a la visita, pero a nosotras nos gusta mirar por nuestra cuenta y leer los cartelitos. Además el señor que se ofreció hablaba demasiado rápido (fue algo que observamos en todos los guías de habla hispana), como recitando de memoria la retahíla que se había aprendido en español, lo cual personalmente me resulta un poco agobiante.
Con el Jordanpass se entra gratis. Vale la pena pasar alrededor de una hora para ver todas las ruinas, una mezcla de todos los que han pasado por esa tierra en algún momento, y han dejado una muestra de la grandeza que tuvieron. Hay un pequeño museo dentro, muy venido a menos, pero que da una idea general de lo que una vez fue esa colina y Amán en general. También hay un punto desde el que se puede ver el Teatro romano y las mezquitas de las otras colinas. Las vistas son bonitas y muy de color terroso. La cuestión de la falta de pintura de las paredes, es porque, según nos explicó después el dueño del hostal en Petra, el gobierno pagaba los materiales de construcción, con lo cual todas las construcciones son básicas y el que quiere y puede se pinta la casa. Imagino que la pintura es cara, así que queda para los más adinerados.
Para bajar de la Ciudadela al Teatro hay varias opciones, yo seguí la que me ofrecía el gps y terminamos enredándonos con más y más escaleras, pero adentrándonos en los barrios de Amán. Parecía una zona muy tranquila y segura, con niños y adolescentes jugando en las calles al salir del colegio, gatos a las puertas de las tiendas y poco más.
El Teatro tiene una plaza en la entrada que en un tiempo fue uno de los lugares más importantes y concurridos de la ciudad, como en cualquiera que fuera parte del Imperio romano. La plaza actualmente se llama Plaza Hashemita, ya que la familia real se encargó de restaurarla. También se deja ver una calle columnada que se conserva bastante bien y el Odeón, que sobrevive junto al teatro. La entrada también es gratis con el Jordanpass.
A un lado está el Museo del folklore, un breve espacio con vestimentas típicas de todas las épocas, restos del teatro romano y enseres de la vida cotidiana de distintas épocas.
Olvido mencionar que antes de subir a la Ciudadela, decidimos dar una vuelta por la calle principal que bajaba del hotel a buscar algo de comer. Con el mapa de la recepcionista, vamos siguiendo sus indicaciones, encontrando que en la mayoría de sitios todo está en árabe. Así que decidimos ir al que ella menos recomendó por ser turístico, pero el único en el que parecía que alguien hablaba inglés. Un lugar vegetariano, Hashem, con una gran terraza y una pequeña parte interior. Atienden a todos por igual, si uno no sabe qué pedir, no hay carta, pero te llevan a la cocina y te enseñan todo lo que hacen, te explican y así puedes elegir. A casi todo el mundo le sirven lo mismo, y la verdad, la comida es un gustazo. Y lo mejor, el precio, en total pagamos 6 JD, lo que viene a ser unos 8€ en total.
Para la cena encontramos un sitio de shawarma que tenía el menú en inglés y también era muy barato.
La comida en Jordania está muy rica. Se nota la frescura y los sabores son auténticos. Es adecuado buscar fruta para tener, ya que comen poca fibra y demasiado pan, lo cual para nosotras fue un pequeño handicap. Pero en Amán hay un mercado central en el que se puede conseguir fruta fresca y de igual manera muy barata. Los jordanos son gente muy honrada que no intenta aprovecharse, y esa es una conclusión general a lo largo del viaje.
Todo decir que en invierno en la mayoría de Jordania hace un frío que pela y la mayoría de las casas están hechas para ser frescas en verano, así que se pasa bastante frío, sobre todo con el tema de la ducha y a la hora de dormir. Tienen buenas mantas y en la mayoría de lugares calefacción, que sin embargo hay que dejar toda la noche encendida.
Día 2: Salimos rumbo a Petra. Son bastantes horas de conducción, pero la carretera es fácil. Hay que tener en cuenta que en los poblados hay reductores de velocidad que no siempre están señalizados, así que conviene bajar la velocidad al acercarse a las entradas de las poblaciones. Lo triste de la conducción es la cantidad de animales muertos que se ven en la carretera. No hay quitamiedos, y la trashumancia es todavía algo muy común alrededor de todo el país. Así que tristemente los animales cruzan las carreteras y seguramente de noche son atropellados por los camiones que las recorren. No hay mucho tráfico, y por suerte yo pude frenar por un perro que cruzaba la calzada.
Una de las cosas más auténticas es hacer una parada en uno de los poblados a tomar un té o un café (hecho sin filtrar). Cuesta 1JD cada café y ¡te deja despierta por horas! También hay algunas zonas con lavabos gratuitos (letrinas en el suelo). Suficiente para continuar el trayecto.
Llegamos a Petra antes de la hora de comer. Petra en sí, o lo que se conoce como Wadi Musa, es un poblado no muy grande, que vive casi exclusivamente del turismo que genera el sitio arqueológico, arriba de unas montañas con formas redondeadas que parecen pastelitos cubiertos de azúcar. Las cuestas de las calles aquí sí son empinadas. Y aunque a mi madre casi le da un patatús por no ver el otro lado de la calle por la que se va a bajar, el coche funcionó perfectamente.
Llegamos al hostal, que más era una casa de huéspedes, donde nuestro anfitrión Raed nos dio la bienvenida. La casa era muy cuca, nosotras habíamos pedido la habitación con baño dentro, tenía calefacción y buenas mantas. Eso sí, el agua no corría con mucha presión, así que ducharse fue de nuevo una aventura pisando un suelo que te helaba literalmente los pies. Eso sí, la amabilidad de Raed compensaba, nos trajo unos shawarmas para comer, y luego nos llevó a explorar un poco lo que era el pueblo y las cosas principales que podíamos necesitar.
Pasamos la tarde paseando y luego bajamos por nuestra cuenta a buscar algunos souvenires. Por la noche compramos entradas para Petra night. Es una especie de evento que realizan tres noches a la semana, en el que se accede al recinto de Petra hasta el Tesoro, todo iluminado con velas. Tocan un poco de música con instrumentos típicos históricos y explican un poco qué es Petra by night. Al día siguiente nos levantábamos temprano a explorar Petra.
Esa noche decidimos cenar solamente algo de fruta que traíamos, al final tanto pan nos pasó un poco de factura.
Día 3: Petra. El Jordanpass que adquirí nos daba entrada para dos días. Así que después de desayunar nos fuimos decididas a explorar lo más que pudiéramos.
Petra es muy grande, así que hay que estar preparado para caminar mucho. Pero mucho. La alternativa es utilizar los animales que van ofreciendo por el camino, pero no todos se ven bien cuidados. De hecho el lugar anima al visitante a reportar cualquier tipo de maltrato hacia los animales del recinto. Los animales están divididos por zonas. En la entrada están los caballos, que te llevan hasta la entrada del Siq, el desfiladero por el que se camina hasta llegar al Tesoro (Al-Jazneh). Ese desfiladero se puede bajar o subir en una especie de carretas tiradas por otros caballos. Nosotras al final del segundo día lo hicimos al volver, ya agotadas de tanto caminar, y vale la friolera de 20JD. Después de lo barato que había sido todo en todas partes nos pareció muy caro, y no es que los caballos estén en las mejores condiciones, pero ya no podíamos más.
Desde el Tesoro se puede seguir bajando en camello hasta una parada que hay, donde se encuentra un restaurante y baños. Desde ahí hasta la subida al Monasterio (Al-Deir), se puede acceder subiendo los 800 escalones que llevan hasta la punta de la montaña donde se encuentra, o se puede subir con burro (por 5JD). Nosotras lo hicimos andando, toda una odisea, pero conseguible. Llegar hasta allí es muy gratificante. Eso sí, de nuevo la forma física es importante. Ese día básicamente nos ocupó subir y bajar, y en el camino vimos el resto de cosas por encima.
Por la noche decidimos probar alguno de los restaurantes para turistas que hay en la calle que da a Petra, una de las cenas más ricas del viaje, con unos guisos de carne, sopas y platos variados típicos muy ricos. El precio algo más elevado, pero vale la pena.
Día 4: Petra. Decidimos explorar lo que nos quedaba por ver. La cuestión es que las señales no están bien puestas en la mayoría de las cosas, y el plano es bastante malo, así que nos perdimos y terminamos subiendo escaleras de nuevo, pensando que íbamos a llegar a una parte y terminamos en otra. Fue agotador, y por eso al final del día tuvimos que decidirnos por volver en una carreta. Nada cómodo, eso seguro.
El resumen de la visita a Petra me divide en dos sensaciones: por un lado, la magnificencia de algo que lleva allí por tantos miles de años y ha sobrevivido (y a saber por cuánto tiempo más) a tanta historia a su alrededor. Por otro, el desorden y el caos, la cantidad de animales que merodean y de niños intentando vender postales a los turistan, afean disfrutar del recinto en plenitud. Nosotras llevábamos comida para dar a los perritos que no llevan precisamente las de ganar en el lugar.
Pero Petra inspira y enseña mucho. Y eso que queda en la memoria ya queda para siempre.
Día 5: salimos temprano hacia Wadi Rum, el trayecto es más corto y la carretera está en buen estado. Básicamente es bajar toda la montaña que habíamos recorrido. El paisaje es árido, aislado, pero con vida. Llegamos a Wadi Rum. Gracias a Raed, habíamos contactado con el campamento con antelación, ya que el acceso a la zona protegida ha de ser con vehículos especiales. Así que el coche queda aparcado en el centro de visitantes y la estancia ya depende completamente del lugar donde uno se hospede. La entrada también está incluida con el Jordanpass.
Hay que decir que aunque todos los campamentos parecían iguales en las fotos, obviamente hay unos que ofrecen mejores comodidades. Los baños suelen ser comunes, y funcionan con generadores cargados por energía solar. En nuestro caso, por desgracia las camas eran terriblemente incómodas. Pasamos una de las peores noches de nuestra vida, con unas barras de metal clavadas en los riñones, literalmente.
En la excursión que hicimos nada más llegar, descubrí que había un campamento cuyas habitaciones son como unas burbujas que dejan ver el cielo por la noche. Creo que si alguna vez volviera recomendaría ese lugar sin duda. Nosotras vimos las estrellas por la noche y es algo inigualable. Unido al nulo ruido (ni siquiera animales).
Los beduinos son muy amables, pero eso sí, tal y como nos recomendó Raed, no vale la pena hacer una excursión de más de dos horas, ya que en ese espacio de tiempo se ve todo lo que hay por ver, el resto es lo que el guía gaste en ponerse al día con sus vecinos y tomando té (que toman a todas horas cargado de azúcar). Nosotras gastamos tres horas y creo que con dos habría sido más que suficiente.
La cena la ofrece el campamento por separado, una cena típica beduina preparada por el personal del campamento. Muy rico todo. Si no eres fumador/a, prepárate porque ellos sí lo son, y fuman a todas horas, junto al té, que no paran de beber hasta la hora de dormir.
Día 6: después de desayunar y con la resaca de la mala noche pasada y sin duchar ya que las duchas comunes están demasiado frías por la noche de invierno del desierto, salimos rumbo al Mar Muerto.
El trayecto vuelve a ser bastante largo, nos recomiendan bajar hasta Áqaba, la ciudad portuaria al sur de Jordania donde vienen a parar todos los cruceros que atraviesan el Mar Rojo de un lado para otro. Aquí se nota más el efecto del turismo, la inversión mantiene la carretera en muy buen estado y es bastante más fácil conducir. Desde Áqaba se empieza a ver el terreno más árido, y toda la carretera deja ver el otro lado de la frontera, que ya es tierra Israelí, o lo que antes era Palestina. Una vez se empieza a bajar el valle hacia el Mar Muerto, se empiezan a ver tierras más cultivadas, y gran cantidad de campos de refugiados que las trabajan, y al menos viven de su producción.
Finalmente llegamos al Mar Muerto. El lado jordano, básicamente está lleno de resorts que lo explotan. Antes de llegar se puede ver una gran fábrica que extrae la sal y otros minerales que sacan del mismo.
El hotel en que nos hospedamos, una cadena hotelera conocida, es muy agradable. El staff muy amable. Solamente se puede acceder a él con reserva. Llegamos a la habitación, con vistas a la piscina, se nos informa de todas las instalaciones y de que el acceso al mar está abierto hasta el atardecer, sin hora fija, simplemente hasta que empiece a oscurecer. En nuestra falta de previsión, nos damos cuenta de que no hemos traído nada para el mar, así que nos toca bajar con los albornoces de la habitación, todo un show teniendo en cuenta de que en el baño hay un cartel que pone que no se usen para bajar al mar... (¡un desastre!)
En fin, bajamos a hacer lo típico: baño en el mar, untarse de lodo, dejar secar, baño en el mar... Así hasta que los turistas chinos llegan a hacer todo lo que te indican que no hagas. Tragar agua, salpicar, ponerse el lodo para quitárselo sin dejarlo secar, gritar y romper con ese momento de placer del que los demás disfrutábamos. Un par de fotos y nos subimos a la piscina. Piscina climatizada, ahhhh....
Un ratito en el jacuzzi y a descansar antes de bajar a cenar.
Descubro que realmente mucha gente viene en plan spa, a descansar y relajarse unos días alejados del ruido de las ciudades pero con todas las comodidades que ofrece un resort.
Subimos a ducharnos y a cambiarnos y bajamos a cenar. En este hotel hay dos restaurantes, y ya cansadas un poco de lo repetitivo de la comida local, nos decidimos por el de hamburguesas. Hubiera sido de buena fe que la camarera nos hubiera avisado de lo grande que era la hamburguesa que habíamos pedido (tamaño monster), pero la disfrutamos de lo lindo.
Y aquí sí, dormimos como bebés...
Día 7: salimos con destino al aeropuerto. La llegada es fácil siguiendo el GPS, y la devolución del coche muy fácil también. Dentro del aeropuerto de Amán hay dos controles de seguridad. Uno en el que revisan TODO el equipaje, y después de hacer el check-in, se hace el control normal en el que hasta unas zapatillas te van a hacer pasar por los rayos X por motivos de seguridad. Aunque sus razones tienen, así que no queda más que obedecer y tener paciencia.
El aeropuerto tiene wifi gratis y es muy cómoda la espera. Algunas tiendas de duty free por si se ha olvidado algo y poco más.